La residencia de artistas Fahs-al-Ballùt es un lugar para estar juntas y juntos y pensar sobre el arte desde una mirada relacional. No hay talleres ni espacios para la creación; es un lugar que nace como un espacio de encuentro y reflexión sobre la necesidad de las creaciones culturales en el mundo actual. Está en una casa familiar donde se comparte la vida cotidiana, y en la que el eje que la sustenta es la memoria: la de las personas, la de los objetos, la de las paredes y la de cada persona que quiera pasar por aquí. Este es el eje sobre el que pivotan los proyectos, la memoria de la casa. Ubicada en Hinojosa del Duque (Córdoba), en el Valle de los Pedroches, en época andalusí se llamaba Fahs-al-Ballùt, que significa «El llano de las bellotas»; las encinas centenarias son nuestras guardianas. Este verano, en julio, Alex Francés ha desarrollado la obra Lección de amor (fragmento y duelo), un trabajo que parte de algunos objetos que hay en la casa, los relacionados con los hermanos Francisco y Pedro Gómez Gil, artistas locales que fueron asesinados a principios de la Guerra Civil, y de cómo su historia se entrelaza con la de la familia, a veces de una forma incomprensible. Alex ha construido con su trabajo un nuevo lugar de memoria, un espacio artístico y ético en el que dar, al menos, la posibilidad de reunir los trozos sueltos de la historia y, metafóricamente, de los cuerpos, para poder vivir algunos duelos, para poder abrir un espacio en el que determinados sucesos pudieran tener un fin. Ese tiempo que quedó abruptamente cerrado y que el arte tiene la posibilidad de abrir. Ese, como decía Walter Benjamin, «tiempo-ahora» en el que poder cerrar capítulos de vidas que siguen esperando un fin. Fahs-al-Ballùt es un proyecto de Juan-Ramón Barbancho.
J-R. B.: Tu trabajo siempre ha prestado una atención especial a los sentimientos; es una obra marcadamente humana. ¿Cómo te acercaste a esta historia y cómo planteaste construir esta «lección de amor»?
A. F.: Fue un encuentro. Fuiste tú quien, en Sevilla, meses antes de acudir a Hinojosa, me habló del cuadro y de los hermanos Gómez Gil. Fue una imagen que no se me quitaba de la cabeza. Tenía claro que quería realizar un recorrido por la memoria de la casa, un itinerario que inevitablemente me conducía a ellos y a la pintura.
J-R. B.: La obra de arte genera comunidades de memoria, es una construcción colectiva. ¿Cómo y desde dónde has creado esa comunidad con las personas que has conocido durante el proceso?
A. F.: Intentando prestar atención a lo que me rodeaba. El alma de Fahs al-Ballut eres tú y, a través de ti, la conexión con un extenso linaje femenino familiar. También ha sido clave la presencia del padre en muchos de los objetos diseminados por la casa. Ha sido un ejercicio de escucha: escuchar a las cosas, los muebles, las imágenes religiosas, los objetos íntimos —tanto de la vivienda como del museo etnológico— y, especialmente, las fotografías de la familia y del pueblo que tan amablemente nos enseñó Pedro Gómez Amat. A ello se suma la ayuda de Pablo Escudero, la colaboración de su tío Hipólito como alfarero y la inestimable asistencia del Área de Cultura del Ayuntamiento de Hinojosa del Duque.
J-R. B.: ¿Crees que la obra de arte puede entenderse como un lugar de memoria? La posmemoria no consiste únicamente en recordar el pasado, sino en asumir una responsabilidad ética frente a él. ¿Te sientes comprometido éticamente —como artista y como persona— al realizar este tipo de trabajos?
A. F.: No sé trabajar de otra forma. En este caso me resulta difícil asumir ese compromiso en el sentido estricto, puesto que no me atañe directamente; sin embargo, ha llegado a mí, me ha impactado y ha detonado la consecución de esta obra. Incluso me atrevería decir que la he realizado contraviniendo mis propios orígenes y anclajes ideológicos; nace, no obstante, del deseo de reconciliar algo que quizá tiene más que ver conmigo de lo que pensaba.
J-R. B.: ¿Consideras que una obra de arte produce memoria, construye un territorio y establece una relación entre recuerdo, ausencia y duelo?
A.F.: Sin duda. Sin embargo, es precisamente por esa capacidad transformadora por lo que debemos asumir que ciertos monumentos conmemora¬tivos no pueden permanecer inalterables: algunos requieren ser retirados o desplazados del espacio público, mientras que otros deben someterse a una profunda resignificación. Esta relectura debe poner siempre en el centro a las víctimas y realizarse desde un prisma estrictamente humanista, comprometido con la dignidad y los derechos fundamentales de la persona.
J-R. B.: ¿Qué fue lo primero que encontraste en Fahs al-Ballùt: un territorio, una historia, una ausencia o una pregunta?
A. F.: Todo ello y en ese orden. Pero creo que lo que permanece es la pregunta sobre la violencia: sobre todas las violencias, sobre el horror desde el que debemos construirnos y sobre cómo cesar esa violencia en nuestro interior.
J-R. B.: ¿Qué significa para ti trabajar en un territorio con tantas capas históricas y culturales que no se perciben a simple vista?
A. F.: Enriquece mucho el proceso y aflora en el trabajo de una forma muy sutil, casi sin darte cuenta.
J-R. B.: ¿Qué debe ocurrir para que un espacio se convierta en un lugar de memoria? ¿Basta con intervenir artísticamente en él?
A. F.: No, es fundamental un trabajo institucional y democrático de mayor alcance: crear las condiciones que permitan a las generaciones futuras hacer una lectura justa, sosegada y clara de los acontecimientos acaecidos.
J-R. B.: El título comienza hablando de una «lección de amor». ¿Qué relación existe entre amor y memoria en la obra? ¿Puede el amor ser una herramienta política para relacionarnos con el pasado?
A. F.: El amor a secas no es suficiente; debe ser un amor en buen estado, es decir, un amor que valore a todos por igual, trascienda las diferencias y, lanzado como un proyectil, no hiera, sino que cure. El bisturí del amor no corta: une la carne cercenada dejando doradas cicatrices. Un amor que no sea olvido, que nos haga crecer como seres humanos y construya un espacio de memoria y reconciliación con el otro. Con el pasado saldamos cuentas, lo elaboramos y reelaboramos en función de nuestro momento vital y de nuestros intereses individuales o colectivos. Hacer memoria debería ser un ejercicio ajeno a cualquier interés partidista para centrarse en lo humano, en un intento constante de paliar el dolor derivado de un duelo social e individual no culminado. Una memoria colectiva que no permita cerrar las heridas en falso, e incluso que las reabra para drenar el pus acumulado por el olvido o la tergiversación de los hechos.
J-R. B.: Al trabajar con memorias ajenas, ¿dónde sitúas los límites de tu intervención como artista? ¿Qué responsabilidad ética implica transformar una experiencia de dolor en una obra de arte?
A. F.: Es algo sumamente complejo: resulta sencillo hacerse cargo del dolor propio, pero mucho más difícil asumir el ajeno. Por lo general me abstengo, pues me parece impúdico; cuando lo hago es porque cuento con la autorización para ello y porque, aunque sea de forma tangencial, me conmueve, me afecta.
J-R. B.: Si la obra pudiera dejar una sola huella en Fahs al-Ballùt, ¿cuál te gustaría que fuera?
A. F.: El sonido cristalino de los trozos de barro golpeando entre sí; que ese sonido quede grabado en la imaginación de quienes contemplen la obra finalizada.





