¡al ataquerrrr!

Asistí, no sin cierta perplejidad y un indisimulado regocijo, a la penúltima pirueta del espacio público reconvertido en lienzo de la desafección seria. El sábado 20 de junio, coincidiendo con el caprichoso Yellow Day —ese constructo moderno que dictamina el día más feliz de la existencia calendarizada—, las calles de Málaga no se vistieron de solemnidad museística. Al contrario: se calzaron la americana desasosegada, la corbata de nudo flojo y la máscara de Gregorio Esteban Sánchez Fernández para dar vida a la ‘Marcha Cobarde’. Esta performance colectiva se presenta, ante todo, como una impecable oda al absurdo y un misil a la línea de flotación de la corrección artística tradicional. El colectivo And The —un ente cultural con solera en los circuitos de la creación contemporánea internacional— ha perpetrado este desfile participativo que no busca el aplauso esteta, sino la agitación consciente a través del chiquitismo más militante, logrando que centenares de personas rompieran la inercia urbana a base de andares descoyuntados y gritos de guerra que ya son patrimonio de nuestra memoria compartida.

El itinerario escogido por And The encierra una poética urbana impecable que conecta de forma casi mística con las raíces del homenajeado. El punto de partida se fijó en la antigua Casa de Socorro, hoy felizmente rehabilitada como nodo multidisciplinar, un enclave que no solo bordea el perímetro natal del humorista, sino que se sitúa cerca de la Calzada de la Trinidad que le dio su nombre artístico. Desde allí, la comitiva avanzó hacia el punto de llegada en la Plaza de la Constitución, ágora malagueña por la que tantas veces paseó el genio del brazo de su inseparable esposa, Pepita. Se desplegó de este modo una coreografía viva construida precisamente sobre la ausencia de coreografía; una marea humana avanzando como si «el asfalto quemara», fundiendo el tropiezo trágico con la teatralidad más callejera y democrática. No había un guión cerrado, por lo que la única brújula fue la intuición de la masa armada con megáfonos y sistemas de sonido que atronaban el centro histórico con onomatopeyas, frases y comparaciones imposibles extraídas del rico universo léxico del maestro.

En este escenario, la consigna estética dictada por la organización rozaba el dadaísmo textil bajo el lema de «Freestyle, chiquitismo», invitando a lucir chaquetas desacompasadas, camisas enemistadas con sus pantalones y corbatas imposibles. A los participantes inscritos se les facilitó un carné de Chiquito gratuito para la ocasión, reforzando una propuesta que, según los propios portavoces, reivindica que todos somos cobardes y pecadores, situando al humor como la mejor manera de salir de este espíritu de desesperación. La propuesta, enmarcada con tino como broche de oro para clausurar el festival de la Muestra de Arte Post Contemporáneo de Málaga (ESTIVAL), dejó atrás las previsiones iniciales de congregar a 500 almas. Con más de medio millar de asistentes confirmados, los organizadores ya miran de reojo al Libro Guinness con la utopía de reunir a 1.000 personas en las próximas convocatorias. Con todo ello, Málaga demuestra que el arte contemporáneo no tiene por qué habitar siempre en cubos blancos ni hablar con el susurro pedante de las élites. A veces, la verdadera vanguardia toma la calle, se pone una careta de cartón y, al grito de «¡al ataquerrrr!», recupera con sintonía, alegría y caos las cosas del pueblo para el pueblo, alzándose como una maravillosa anomalía en tiempos de solemnidad barata.

×