Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Curadoría Manuel Segade
La exposición que podemos ver en el Reina se podría plantear como un trabajo de tesis, cuando no de una muestra enciclopédica. Ciertamente son cincuenta años no sólo de creación contemporánea sino de acontecimientos que ha ocurrido en nuestro país y que han tenido su reflejo en el trabajo de artistas, en su mayoría preocupados y preocupadas en que las creaciones culturales no sean un puro adorno, ni tan siquiera que den una lectura de su momento, sino que, en muchos casos, se interesan por hacer que esa lectura conlleve un compromiso, hacer una crítica para arrojar luz a lo que ocurría entonces, pero también en que desde el futuro (en muchos casos ese futuro es hoy) se pudiera saber que estaba ocurriendo.
Desde la institución nos cuentan que la muestra reescribe una genealogía del arte español contemporáneo. Eso está bien, es cierto, pero creo que es mucho más, que va más allá. Una genealogía sería una forma de investigar y explicar cómo surgen determinadas prácticas, conceptos, discursos o formas artísticas dentro o visto desde la colección del museo. Creo que va más allá, y ahí entiendo que radica el gran interés de la propuesta de Segade, porque nos pone delante de una historia de relaciones, rupturas, conflictos y transformaciones, en lugar de entenderlas como una evolución lineal o progresiva, porque no plantea una cronología neutral. Si miramos la muestra desde los estudios de Foucault encontramos que lo que vemos en las salas nos podría parecer hoy natural o evidente, cuando en realidad es el resultado de múltiples procesos históricos, luchas de poder, accidentes y contingencias. La presencia del trabajo de artistas mujeres lo es, y mucho más si nos acercamos por ejemplo a la obra de Marina Vargas “Romper el canon”, donde se atreve a mostrar su cuerpo, mostrar su herida, exponerse ante el público sin temor a enseñar aquello que ha marcado su cuerpo y su vida. Como también ocurre en lo que se muestra de Pilar Albarracín, “Mujeres”, una obra temprana, de 1993, donde vemos que no sólo hay una forma de ser mujer, que se es mujer sin importar cómo fuera tu cuerpo al nacer. La obra así rompe una laza por la igualdad, por la disidencia y la identidad de género, lo que la hace tremendamente valiente. A esta narrativa se añade la obra de Regina José Galindo “El dolor en un pañuelo”, sobre la violencia de género.

Está en la muestra esta representación de mujeres artistas, de una forma natural, como lo que tiene que ser por que lo es. Quiero decir que no obedece ni a un discurso forzado ni a una política de cuotas. Están porque forman parte de la historia, por más que muchas veces ésta haya querido ocultarlas. Es como lo que decía Jordi Petit sobre las personas del colectivo LGBT, hay que ser visibles hasta ser indiferentes. Llega, debe llegar, a que no nos llame la atención la presencia de las mujeres y eso esta muestra que comentamos lo hace magistralmente.
Magistralmente introduce historias y lecturas de la disidencia afectivosexual, con las obras de Cabello&Carceller “Sin Título (Utopía)”, que aborda la idea de la utopía desde una perspectiva crítica y queer, cuestionando los modelos normativos de identidad y representación que atraviesan buena parte de toda su trayectoria. Como lo hace también el estupendo vídeo de Manu Arregui “Con gesto afeminado”, sobre la performatividad del género a través de una serie de gestos corporales codificados culturalmente como afeminados, cuestionando la naturalización de la masculinidad y la vigilancia social sobre los cuerpos. La obra dialoga muy directamente con cuestiones queer y con la crítica a los modelos normativos de identidad.
La violencia de Estado y la memoria histórica está presente mediante una gran instalación de Beatriz González, “A posteriori”, que parte de su trabajo “Auras anónimas”. Continúa su reflexión sobre la violencia política, la memoria colectiva y las imágenes de circulación masiva, cuestiones centrales en toda su trayectoria. Su presencia resulta especialmente significativa porque introduce una dimensión latinoamericana, junto a la de Galindo, en un recorrido muy atento a las memorias traumáticas, los cuerpos vulnerables y las formas de duelo colectivo.

Y si hay algo genial en la muestra y en la selección de las obras, más aún, en las historias que nos quiere contar y en cómo hacerlo, es sin duda que deja de tratar el VIH/SIDA como un tema periférico o documental, incorporándolo como eje central para comprender la historia reciente del arte contemporáneo. Está dentro del itinerario bajo el epígrafe Una historia de los afectos en el arte contemporáneo y ahí está su importancia, en los afectos, y lo está porque lo más terrible durante los años más duros de la pandemia fue eso, la falta de afectos, el señalamiento, la exclusión, la estigmatización. Aquí vemos unos trabajos fundamentales a nivel internacional, los de Pepe Espaliú y de Pepe Miralles. Del primero, entre otros sus famosas jaulas, “Sin título (Tres jaulas)” y de Miralles un trabajo que no te cansas de observar una y otra vez, “Ajuares”, una instalación con todo tipo de objetos utilizados/consumidos a diario por un amigo fallecido por casusas derivadas del virus. Es una especie de archivo afectivo del duelo, su ropa, las medicinas y otras pertenencias personales, que se convierten en la exposición en testimonios materiales de una pérdida personal y colectiva, que durante mucho tiempo quedó estigmatizada y un sufrimiento invisibilizado.
Sin duda, lo realizado por Segade es, más que una reordenación de fondos, una revisión crítica de las narrativas con las que se ha contado el arte contemporáneo en España. La incorporación de genealogías feministas y queer y la atención específica a la crisis del VIH/SIDA, no sólo amplía el canon, sino que transforma los marcos desde los que se interpreta el pasado reciente. El museo convierte la colección en un espacio de disputa histórica y de imaginación política, donde las ausencias de ayer se hacen visibles como una condición indispensable para pensar el presente.




