El debut literario de Marcos Augusto no busca la complacencia del lector, sino arrastrarlo hacia los márgenes de la pulsión más cruda. Con Te hice dios, el autor firma una novela que se sumerge sin concesiones en un universo de impulsos radicales, donde el deseo carnal y la pulsión de muerte se entrelazan de forma indisoluble. Lejos de la corrección política que a menudo anestesia la ficción actual, esta obra se presenta como un artefacto literario valiente, capaz de transitar las sombras de la intimidad contemporánea a través de una prosa que hereda el aura y el ritmo de su faceta poética, pero ejecutada con una precisión psicológica y atmosférica admirable.
La premisa argumental de la novela es un puñetazo ético y estético: dos hombres se conocen en una aplicación de citas buscando sexo; uno arrastra el deseo de infectarse de VIH y el otro le promete esa entrega. Lo que se inicia como un pacto esporádico y extremo acaba mutando en una compleja relación de pareja. A partir de ese núcleo, Marcos Augusto teje una crónica doméstica donde la cotidianidad se ve devorada por una densa red de mentiras, marcada a fuego por el miedo cerval a la pérdida, el duelo y la culpa. El narrador se confiesa en un ejercicio de honestidad tardía, intentando descifrar las dinámicas de una historia construida sobre cimientos tan frágiles como peligrosos.
La verdadera elegancia estética para Marcos Augusto no radica en la pulcritud, sino en la capacidad de ensuciarse las manos y hurgar en la herida. Te hice dios calca lo que el propio texto define como «un dibujo a tinta negra» del amante, una obsesión que borra deliberadamente la existencia de nubes y días claros para centrarse en la anatomía del deseo puro y la decadencia del cuerpo.

