En Paper Tears, Claudia Pagès Rabal nos sitúa ante una paradoja visual: una obra que reflexiona sobre el papel, pero que prescinde de su presencia física para habitar la luz. Presentada en los Eventi Collaterali de la 61ª Bienal de Venecia (2026), y con la intervención de Elise Lammer como comisaria, esta instalación inmersiva utiliza tecnología láser, una pantalla LED de carácter escultórico y una banda sonora envolvente. Su tesis central se sumerge en la historia de las filigranas del siglo XV, transformando la marca de agua —esa señal de identidad y propiedad— en una metáfora de los sistemas de control fronterizo y los conflictos geopolíticos actuales. Es presentado por El Institut Ramon Llull en los talleres navales Cantieri Cucchini en San Pietro di Castello.
Al analizar pormenorizadamente el espacio, observamos que la materialidad táctil ha sido sustituida por la energía lumínica. No hay rastro de rollos de papel ni dibujos caligráficos manuales; en su lugar, proyecciones láser dibujan sobre las paredes del recinto las filigranas históricas conservadas en el Museu Molí Paperer de Capellades. Estas formas, que originalmente garantizaban el origen y calidad de una mercancía, se despliegan ahora como presencias fantasmales que diseccionan el aire. La pantalla LED no actúa como un mero monitor, sino como un volumen escultórico que organiza el recorrido, emitiendo una luz que no solo ilumina, sino que narra visualmente el tránsito de la información.
La banda sonora envolvente es un elemento técnico crucial: se trata de una atmósfera rítmica que acompaña las proyecciones, reforzando la sensación de tensión y vigilancia. La luz y el sonido operan aquí como herramientas de precisión que traducen la dureza del control histórico a un lenguaje sensorial contemporáneo.
La obra puede definirse como una disolución del objeto artístico, como una transición hacia el arte de concepto. Aquí, la desmaterialización es evidente: el papel físico ha desaparecido para dejar paso a su «fantasma» digital. Es un conceptualismo ideológico que utiliza la tecnología para denunciar la persistencia de las estructuras de poder. Al vincular las rutas del papel del siglo XV con las crisis migratorias contemporáneas, Pagès demuestra que el control de la circulación —ya sea de bienes o de personas— es una constante histórica que comenzó con marcas de agua y continúa hoy con radares y sensores.
En su dimensión museológica, la recepción de Paper Tears es la de una inmersión en un «archivo de luz». Al no haber objetos tradicionales que contemplar, el espectador se convierte en un cuerpo atravesado por el láser, una metáfora potente de cómo la vigilancia actúa sobre el individuo. La conexión emocional no nace de un naufragio administrativo, sino de la inquietud que provoca vernos rodeados de marcas de propiedad que evocan la exclusión. Es una melancolía de lo intangible, donde el vacío dejado por el papel físico es llenado por una punzante conciencia política sobre el presente migratorio.
Al rescatar las filigranas de Capellades, Pagès no solo hace un ejercicio de memoria técnica, sino que proyecta una crítica global sobre la soberanía y el derecho a circular. Paper Tears es, en definitiva, una obra que demuestra que el arte contemporáneo puede usar la tecnología no como un fin, sino como un escalpelo de luz capaz de abrir las grietas de nuestra historia colectiva.
Una reflexión de tal calado resulta sumamente oportuna en la coyuntura actual.

