En el marco del programa conmemorativo I Baschi alla Biennale 1976/2026, el Palazzo Contarini della Porta di Ferro acoge la revisitación de Irrintzi Repetición, una de las piezas más determinantes de Itziar Okariz. Esta performance sonora, que ya marcó un hito en 2019, utiliza el grito ancestral vasco no como un ejercicio de folklore, sino como auténtica materia plástica. La tesis que articula esta propuesta es la desarticulación del signo: a través de una repetición extenuante, Okariz vacía al grito de su carga antropológica y social para transformarlo en una estructura física pura. Es, en esencia, un cuestionamiento radical de los límites del lenguaje y de la construcción de la identidad.
En esta pieza, el soporte es el propio cuerpo y el material de trabajo es el aire vibrante. Okariz descompone el irrintzi —un sonido históricamente ligado a la comunicación en valles y montañas— en sus unidades mínimas. La ejecución destaca por una sobriedad absoluta; la artista se sitúa en el espacio sin más apoyo que su capacidad pulmonar. Si habláramos en términos pictóricos, diríamos que la «pincelada» aquí no es de pigmento, sino de frecuencia y eco. A través de la iteración, el grito pierde su función de llamada o alerta para mutar en una escultura sonora invisible. La técnica de Okariz maneja las proporciones de la sala no con medidas métricas, sino con la potencia de sus cuerdas vocales, donde el agotamiento físico que surge con cada repetición introduce matices orgánicos. El sonido se vuelve «sucio», real y vulnerable, revelando la textura de la respiración y el esfuerzo muscular como elementos compositivos fundamentales.
Situada en la vanguardia española contemporánea, esta obra representa la cumbre del giro hacia la desmaterialización del objeto. Siguiendo las categorías de Simón Marchán Fiz, nos encontramos ante una pieza de carácter procesual e ideológico. Okariz rompe con la tradición «objetual» de la escultura física para abrazar un conceptualismo donde el interés reside en el proceso de disolución del significado. Cronológicamente, la artista evoluciona desde sus acciones corporales de los años noventa hacia un minimalismo tautológico. En este 2026, marcado por una saturación digital agotadora, su regreso a Venecia bajo el marco de la memoria vasca dialoga con el Minimal Art por su rigor serial y con el espíritu Fluxus por su carácter efímero. Se trata de una crítica a la identidad fija, demostrando que cualquier signo cultural es una construcción desmontable.
Desde el enfoque museológico, la obra plantea el fascinante reto de «exponer el vacío». En un entorno como el del Palazzo Contarini, la recepción práctica depende enteramente de la acústica: el espectador deja de ser un observador pasivo para ser atravesado por la onda sonora. La iluminación, cruda y directa, obliga a una concentración casi mística en la presencia física de la artista. Emocionalmente, la pieza evoca una melancolía conceptual; aunque el grito es la expresión humana más primaria, su repetición técnica genera una tensión psicológica que nos despoja de sentimentalismos, enfrentándonos a la desnudez de la voz.
La relevancia de esta obra hoy reside en su capacidad para elevar lo local a la categoría de abstracción universal. La trayectoria de Okariz muestra una coherencia inquebrantable en su investigación sobre el cuerpo como el último refugio del arte. En una Bienal a menudo dominada por el archivo y el rastro documental, el grito de Okariz actúa como un recordatorio necesario de la potencia del presente y de la resistencia de lo biológico frente a lo tecnológico. Es, en definitiva, una reivindicación del cuerpo como espacio de diseño, arquitectura y resistencia política.

