una nota sobre “Vez” de Jesús Zurita en Artizar, Madrid
La cuarta colaboración individual de Jesús Zurita con la galería canaria establecida en la concurrida calle capitalina Dr. Fourquet, esta “Vez”, la primera del artista en su nueva sede madrileña; es un cierre de ciclo, o quizás el punto donde el dibujo de una espiral se toca para trazar otro giro.
Desde siempre su trabajo (el del artista) se ha desarrollado en los límites de una narrativa que coquetea con lo poético, porque se torna misteriosa. En cambio, Zurita es un autor, que ahora se torna diáfano, se aclara; tal vez, resultado de un proceso de reconciliación interna con lo que durante décadas se ha desplegado como los recursos de su idiomática, su propia lengua. Manifestada como momento de madurez, tras años de observación, en esta obra que estos meses primaverales exhibirá Jesús en Artizar, hallo resueltas las paradojas iniciales de su obra temprana, donde dibujo perfeccionista y el plano pictórico competían en una discusión silenciada, contenida, así como la convivencia del lino crudo con los fondos blancos invadidos de un rojo atmosférico, donde la materialidad del soporte tomó cierto protagonismo determinante, extinta en estas últimas piezas. Aquí la dualidad, antes escindible, está resuelta unitivamente. He aquí, un todo.
Veo a su vez aliviada la tensión entre lo paisajístico y lo figural, haciéndose todo el plano pictórico territorio de la carne. Como quien conoce que si vida en la galaxia está formada por un pequeño grupo de elementos bioquímicos, empujados por ciertos catalizadores cuánticos, entonces todo lo que conocemos está hecho de la misma materia; por lo que todo paisaje es carne y toda carne es paisaje, por tanto. Como si los avances de la astrofísica y la bioquímica, explicasen los dilemas que la gramática no resuelve entre el sujeto y el predicado. Algo que Zurita sí resuelve.
Finalmente aquello que con el trascurso de un par décadas fue conformándose como la poética de JZ, en “Vez”, su muestra galerística más reciente, se manifiesta como certeza. Aquel amasijo fractal, fragmentario que sobre la indefinición iba, coge forma y se define.
Por primera vez en años el artista plantea su obra como monólogos, en los cuales la primera persona aflora como voz, concebidos éstos como capítulos secuenciales. Léase: cada obra es un círculo cerrado. Una prosa poética autorreferencial. Lo que antes era la cuenta de un collar, es Ouroboru, anillo de cuentas, mini-collar, o quizás… una manilla más cercana a la mano. Porque en cada obra la mano de Zurita ya no rotula, sino explaya su poderío, su libertad y su rigor.
Esa afirmación algo manida que con tanta ligereza decimos los escribas y opinadores del arte, de: … esta es una obra rotunda. Pocas veces lo he podido saborear con tanto conocimiento de causa. Nada cojea en ellas, nada falla, todo lo contenido bien enunciado está. Cada elección formal, el sfumatto velado de los fondos rojizos, la planicie industrializada o algo mecánica -demasiado maquinal, inhumano, casi- de la pureza blanquesina, el carboncillo y su naturaleza natural, su polvoreada expresividad, la degustación de lo fibroso como la base de nuestra estructura física; todos, son aciertos.
Unos aciertos en los cuales al espectador no le queda otra que quedarse atrapado. Hipnotizado. Idiotizado por tanto desparpajo, tanto dolor, tanta extrañeza, tanta sin razón hecha cosa conocida. ¿Cómo salir indemnes de este encantamiento? Podría preguntarse. ¿Cómo una obra de arte puede sugerirnos de golpe las nociones relativas a cómo concebimos la vida y la muerte de un solo impacto? ¿Cómo podemos resumirlo tanto?
Sólo quien haya navegado el tiempo suficiente al lado de la muerte, puede amar lo vivido como quien no le teme a nada. Por eso, puede hablarnos del miedo, sin temerle. Porque conoce su raíz cambiante, arbitraria, cruel y generosa a la vez. La misma que te recuerda que la vida es este tajo, esta línea de fuga, este desliz. Esta caída libre. Ante la que Jesús, nos dice, pestañea, abre los ojos y mira cada detalle, los detalles son lo que importan. Una gota de sal altera una cicatriz y paraliza la hemorragia, y una gota de cera la tapona. Pero la cicatriz que queda nunca te recordará exactamente el dolor de ese tajo, solo el espejismo de lo vivido, eso que llamamos memoria, te dará esa satisfacción.
“Vez” marca un fin de ciclo, le guste o no a su hacedor. Por esa soberbia. Algo que él personalmente detesta, por cierto. En este caso, marcado más por su nombre bíblico que por su ego apenas narcisista. Ni siquiera el narcisismo de quien se sabe poseedor de una pequeña verdad, la de su coherencia, a Zurita le asiste o acompaña. Más bien le empujan las dudas, siempre el dudar le ha empujado hasta este precipicio. En el que caeremos todos estrellándonos como cuerpos a punto de reventar contra el paisaje de lo real. Y de lo real, te dice: carne somos, y piedra, y yerbajo, y risco montañoso, y tímido bosque, y manantial, limpio o putrefacto, jardín asilvestrado o Zen, domado un poco por la mano de un hombre que se mira a sí mismo como nos miramos esa primera vez en un espejo, cuando éramos niños. Y detrás del espejo, tras la ventana, las nubes anuncian lloviznas, tormentas o ciclones, pero nosotros no pensábamos en la tragedia, el desastre o el peligro, sino en el viento, en si el viento le contará a los tuyos que en el espejo también los ves. Como sueño, testimonio o pesadilla, pero los ves.
Abres los ojos, pestañeas, y una vez más Zurita te gana la batalla y te obliga a imaginarte cómo La Nada no tiene nada que hacer contra su horizonte de incertidumbres. Estas bombas de significados insinuados, susurrados como ecos, siempre le vencerán al vacío. Siempre te dejaran así de sofocados. Y plenos. Extrañamente plenos, en unos tiempos de un apetito insaciable.
Sólo doce piezas. Nueve telas y tres dibujos. ¿Para qué más?

