TODA RELACIÓN ES VINCULANTE

Una nota acerca de la escritura crítica y una visita a Antonio Murado en Álvaro Alcázar.

Al menos el azar y la ficción, ya sea literaria o audiovisual, han demostrado que todo accidente que vincule un nexo personal, por muy mínimo que sea, puede llegar a ser vinculante. Cualquier roce, puede terminar en fricción, y cualquier fricción puede degenerar en herida, cicatriz y rencor. O diametralmente opuesto, justo lo contrario, cualquier encuentro azaroso puede terminar en amor o amistad, ese vínculo del que tanto dependemos para vivir como seres sociales, comunitarios y gregarios.

El vínculo, nos une y nos separa. Sobre cómo se entretejen esos vínculos, varias ciencias humanísticas se han especializado, la psicología, la sociología, la antropología y parte de la filosofía, se han detenido en estudiar cómo trazamos ese tapiz que nos estructura internamente y -a la vez- nos cubre y protege de la voraz superficie.

Dicho esto, quisiera detenerme un instante en tratar de aclarar un malentendido, que no me toca, pero el cual puede que, con cierta ligereza, sí me roza de soslayo.

Hace cosa de unas semanas en el campo artístico español se destapó una crisis por comentarios y trifulcas virtuales entre dos activos agentes de nuestra comunidad, hablo de la polémica entre Fernando Castro Florez y Fer Francés, el comisario, crítico y profesor universitario de larga trayectoria, de más de tres décadas y el joven galerista director de la galería madrileña Veta, localizada en el barrio de Carabanchel. En dicha polémica, iniciada por la mecha de un comentario desproporcionado del galerista sobre cómo toda la crítica esta pagada, y por ende, está vendida al mejor postor; levantó las ronchas de todos los colegas que se sintieron aludidos, especialmente porque el galerista hizo referencia directa a un prestigioso periódico nacional, el ABC. Entre cuyas filas se encuentran autores del nivel de Javier Díaz Guardiola, Carlos Mayordomo, Miguel Cereceda, Marisol Salanova, Fernando Gómez de La Cuesta, Nerea Ubieto, Adonay Bermudez o el propio Fernando Castro. Y los comentarios fueron desafortunados por parte del galerista, porque achacaba la falta de crítica y promoción y visibilidad de su proyecto galerístico, porque no jugaba al juego de pagar a esa crítica por su atención.

Argumento que desplegaba con un anecdotario referido al hecho de que en algún momento, sí pago por esos servicios, y luego nunca más los recibió. Al dejar de pagarlos.

A ver, aclaremos al público lector, a los neófitos que pudieron seguir por redes la trifulca.

Tras la caída de las publicaciones físicas, léase en papel, las revistas y medios especializados que ya cuentan con plataformas digitales han optado por ofrecer además de baners o vados virtuales, los servicios de “publirreportajes”. Los cuales -por lo general- están planteados y escritos en un tono informativo, por tanto propositivo, no desde un prisma crítico; más bien, desde un punto de vista periodístico que ofrece el dato, señala el lugar y el evento que allí ocurre, en unas fechas y un espacio específicos. Y ya está. Por un publirreportaje una galería, un centro de arte, un museo o cualquier institución o evento cultural, sí paga. Pero tampoco esperará un seguimiento más allá de las cláusulas del contrato de dicho servicio. No tendría ese derecho a exigirlo.

Lo que sucede, en algunos casos, es que ese primer contacto genera un vínculo. Ya sea con el artista (el cual por lo general nunca es una primicia, casi nunca nadie acepta -a la primera- a escribir sobre alguien a quien no conoce) y/o con la entidad contratante y su equipo. A veces, no tiene que ser el personal al mando, sino porque nos cae bien quien lleva prensa en un espacio de arte, ya sea privado o público, ese vinculo se mantiene. Si es al revés, si la experiencia o el trato es negativo, ese vínculo se esfuma. Desaparece.

Si un espacio de arte -sea privado o público- pierde interés crítico, no sólo tendría que “hacerlo mirar” replanteando su programa y/o propuesta artística; sino también sus procedimientos, sus maneras de proceder. Puede que sea un fallo interno en cómo se comunican. No de la crítica.

Porque por otro lado, están los textos críticos que profesionales de la opinión ejercen desde un medio. Los cuales, se ejecutan o inician desde dos lógicas bastante comunes.

Primera lógica: los responsables de la sección, o suplemento de cultura visual del medio en cuestión, incluso el team completo se reúnen y sueltan ideas al aire de las que nacen encargos de textos de nuestro interés. Sin mediar pago publicitario, por nuestro criterio estético e interés meramente editorial. Y esto lo paga el medio internamente y según las tarifas habituales que tenga pactado con cada uno de sus colaborares. Por ejemplo, desde esta casa, colegas me han comentado: ¿Omar, te interesaría escribir sobre la presentación de temporada del MNCARS.? O… nos encantaría una reseña sobre la semana ferial madrileña. Pero cuando me iban a hablar de un interés específico sobre un artista, previamente me preguntaron si me interesaba su trabajo, antes de pedirme un texto sobre su obra, la cual estaría expuesta en el tiempo del número. Es decir, los encargos editoriales parten desde el más riguroso respecto al profesional crítico.

Y aquí he de hacer una salvedad. Desde mis comienzos, hace tres décadas, por recomendación de mi admirado Orlando Hernández, uno de los críticos y curadores que más respeto de mi isla natal, escribo sólo y únicamente -casi como dogma- sobre el arte que me interesa, el que me gusta y atrae. Así, me evito enemistades. No se equivoquen, no es desdén, ni una táctica de anulación por desprecio. Es no perder el tiempo en hacer daño. Nunca me ha parecido bien el abuso, y en este sentido creo que el discurso crítico puede colocarse en una posición de poder abusadora, si se ensaña con algún proyecto creativo a la contra. Hay muchas formas de decir las cosas; sino se puede ser amable y respetuoso, quizás mejor no prestarle atención. Esto es lo que tiene la democracia. Podemos elegir. De esta manera, además no pierdo el tiempo enredándome en peleas infinitas, en un circulo vicioso del que puede no salirse bien parado ninguno de los implicados. No tengo tiempo para ser binario (entendido como contrario del otro y otra) no como discurso de género. Elijo ser coherente con mi interés. De paso, valorando mucho el valor de mis palabras, pues cobro por ellas, no me dedico a despotricar contra aquello que no me interesa. Ya lo dijo Bordeau, el gusto es una construcción social y cultural. Hay que aprender a vivir con el gusto (y la cultura) de los otros.

En este sentido, he de decir, que rara vez, por no decir nunca porque no lo recuerdo, he sido testigo de que se haya impuesto algún responsable editorial a un subordinado; por regla, somos todos profesionales que nos respetamos y dialogamos sobre nuestras opiniones y necesidades de expresión.

Como me escapé de una dictadura, eses dejes de adoctrinamiento y autocensura, los olfateo de lejos; y cuando los huelo, corto por lo sano y me retiro de ese territorio donde lo tiránico impera. Cosa que insisto desde que vivo en España, nunca me ha pasado. Por lo que nunca he tenido que abandonar ningún espacio editorial porque el dinero o el poder político sea lo que gobierna.

Trabajo en el mundo de la cultura -o debería decir tal vez trabajamos-, porque es un espacio de libertad. Uno de los pocos que nos quedan.

Por ello, elijo hablarles hoy de la muestra Claustro de Antonio Murado en su galería madre madrileña Álvaro Alcázar. El gallego-neoyorquino inauguró en la nueva sede de su galería capitalina con la sobriedad que lo caracteriza, sólo ocho piezas. En ellas, nos invita a detenernos, como hace toda pintura que valga la pena apreciar, en cómo están hechas estas capas de luz, estas capas de sombras rojizas, que amalgaman el espacio pictórico como una superficie ensangrentada, herida, velada del tiempo biocelular de la sustancia que nos mantiene vivos: nuestra sangre. O no.

Puede que el artista goza del detenimiento que el rojo le posibilita como elemento aglutinante que nos obliga a mirar hacia lo que nos rodea tras el cristal de un signo de violencia, como un territorio violentado. Con la violencia repentina de la vida, paralela a la violencia sosegada o accidental de la muerte.

Ambos, Antonio y Álvaro, una vez más, han logrado una muestra exquisita en su montaje. Sobria, ese adjetivo al que se recurre cuando la elegancia te pega un parón. Algo de “saber estar ahí” como una presencia endeble pero presente, es lo que hacen estas tela flotantes, más tapices que alfombras, más cortinas a otra realidad que ventana, más umbral a otra dimensión que puerta al lugar conocido de nuestros recuerdos. Puede que al espacio mental de un monje, porque algo monacal aquí se intuye, demasiada paciencia en un solo habitáculo.

Ahora cualquier lector de un servidor, diría: – Se te nota que el Barroco te subyuga. Últimamente has hablado (escrito) de “tres muestras rojas”: Garcerá, Zurita, Murado. Tres pintores. Se nota que la Pintura te atrae, entonces.

Y si el acto de leer una crítica fuese el comienzo de una conversación, mi respuesta sería: – Vas bien, lo vas pillando.

Y esta es mi libertad, la de escribir sobre aquello que me embruja, en un tiempo de aburridísimas historias donde el sinsentido toma el protagonismo y donde las militancias están al orden del día.

Mientras, doy las gracias allí donde mi escritura se inscribe como una leve voz, porque desde ella, digo: Soy libre de señalar esto. Vayan a verlo, es magnífico.

No tengo tiempo para las boberías.
Para fealdades ya esta la vida real, su pestilencia y su crudeza.
Para lo otro, nos queda el Arte… peleitas a parte.

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