Fotografía de Grimalt de Blanch
Laberinto sin paredes, exposición temporal de Jannis Kounellis en Es Baluard Museu d’Art Contemporani de Palma, comisariada por David Barro, reúne cuadros, instalaciones y dibujos cuya disposición en el espacio sugiere, a través del recorrido, la relación íntima de Kounellis con el mar y con su pasado.
Kounellis , figura clave del arte Póvera y cuya destreza es la de descontextualizar parcialmente los materiales sin borrar su carga histórica; la de yuxtaponer superficies contrarias y crear un diálogo genuino entre ellas; la de hilvanar conexiones, aparentemente inexistentes, entre el presente y el pasado, arrastrando a este último hacia un lenguaje contemporáneo y fresco.
El recorrido de la exposición es un entramado de laberintos. Velas venecianas y mallorquinas que se convierten en callejones sin salida. Ciudad de mar que nos remite a su lugar de nacimiento: el puerto de El Pireo. O a ese mito cretense del laberinto del Minotauro. Sus dibujos son también laberintos de tinta cuya negritud nos devuelve a lo esencial.
Sus cuadros-objeto son un intento de reordenar lo que el mar descompuso en su día, de otorgar un nuevo orden a la catástrofe y salvarla de un naufragio definitivo. De domesticar aquello indomable: el mar como densidad fluida del subconsciente.
Los restos de embarcaciones nos remiten inevitablemente a Ulises, Homero y el viaje como acto heroico. Nos recuerdan que la vida sin riesgo no merece la pena ser vivida, que lanzarse a las inclemencias del mar es, de alguna manera, abrazar la propia transformación. Que algunas veces la ascensión de Cristo viene so-pesada por la gravedad de la tierra y que en otras, la cadencia de los recuerdos queda petrificada por el salitre acumulado.

Fotografía de Grimalt de Blanch
Más allá de lo que se pueda decir con palabras, en la obra de Kounellis palpita ese deseo plástico e imperioso de sujetar el tiempo por los cuernos, de atraparlo sobre un lienzo de hierro y detenerlo en una eterna postura . Cuadro-objeto, pesado y repleto de lastres. Porque los cuadros de Kounellis pesan. Aunque deseen elevarse, arrastran cargas densas, arquetípicas, arcaicas.
También está el mar como testigo de una infancia repleta de vaivenes, de viajes y de mercancías. Escenografías de una posible partida. Reencuentros truncados. Experiencia temprana del desarraigo.
Sea como sea, Kounellis invita constantemente al público a imaginar geografías, lugares y acontecimientos.
Entre los objetos de sus instalaciones palpitan presencias, cuerpos que habitan historias impregnadas de réplicas que podrían ser de alguna película de Theo Angelopoulos. Metapresencias del recuerdo. Coreografías de cuerpos atrapados en el umbral de lo inclasificable. Habitantes de espacios liminales y fronterizos. Espacios negativos con voz propia: escenas del vacío. Como si se tratase de bocetos escenográficos nunca acabados, abiertos a mil posibilidades.
Como si ambos, desde la economía radical del gesto, trabajasen con un tiempo trágico y espeso que se arrastra. Un tiempo dramático y helénico. Salvando algunas diferencias, se le podría comparar también con la visceralidad de las escenografías de Dimitris Papaioannou y la utilización de materiales desnudos, aunque en este último la materia esté más domesticada.

Fotografía de Grimalt de Blanch
La densidad de los materiales que componen su obra genera una sensación de permanencia y anclaje, como una necesidad imperiosa de pertenecer a algún lugar, de echar raíces de una vez por todas. El uso de materiales cargados de historia —hierro, carbón, sacos de yute, lana, café, piedra o fuego— responde a la voluntad de activar la memoria colectiva inscrita en ellos.
Sus materiales no dialogan; más bien friccionan desde las aristas, generando una tensión dramática entre lo duro y lo blando, entre lo denso y lo etéreo, entre lo tierno y lo rígido. Y en esa fricción, cada materia se deja atravesar por la otra. Lo duro se ablanda. Lo blando se tensa. El límite se vuelve permeable.
La contundencia casi ponderal de sus obras dilata las coordenadas espacio-tiempo, escapando de toda linealidad y provocando que la materia impacte contra el cuerpo del espectador y lo atraviese. Que el mar antiguo de su infancia nos salpique de mil historias y mitos.
El espacio sonoro que sostiene sus piezas es el de los barcos descargando mercancías en su puerto natal de El Pireo: el repiqueteo histérico de maquinarias, la percusión aterciopelada de las velas azotadas por un viento antiguo, velas desgastadas por la persistencia obsesiva de alguna brisa egea.
La obra de Kounellis huele a sal, óxido, pescado y yodo. A aceite de barco. A despedidas prematuras y a amores imposibles. A un pasado abierto y a un futuro incierto. Como diría Freud, una lucha cuerpo a cuerpo entre la vida y la muerte, entre Eros y Thanatos.

