Una habitación propia – Concha Ybarra

Espacio Santa Clara de Sevilla
Del 25 de octubre de 2025 hasta el 22 de febrero de 2026

La muestra, aunque no tenga un carácter estrictamente retrospectivo, abarca un cuarto de siglo de la producción de la autora, el suficiente para mostrarnos la evolución de un lenguaje que, a base de estudio, observación y trabajo, se ha constituido como una seña propia, una forma de hacer que, sin dejar de sorprendernos, nos presenta la obra de Concha Ybarra (Sevilla, 1957) como algo personal y reconocible, como una investigación sobre el espacio doméstico y arquitectónico que nos acerca a la intimidad,
la memoria y la experiencia del habitar. Una obra que se deja ver y apreciar desde fuera, sin dejar de ser una mirada íntima que nos permite asomarnos a esa Una habitación propia de Virginia Woolf. La artista ha sabido ocupar ese espacio particular desde el que construir una pintura que en la selección de esta exposición nos parece que está muy bien contada.

Tanto en las obras presentadas como en la museografía las salas se organizan como habitaciones simbólicas, marcando una especie de recorrido atmosférico. Cada habitación de la sala, en las dos plantas, nos adentran en un estado emocional, un tema o una etapa creativa. Ligeros y sutiles cambios en sus temas, colores o pinceladas, en cada forma de construir el espacio encontramos esa evolución necesaria en cada artista, pero sin saltos, sin ir de unos temas a otros sin sentido, sino sabiendo enlazar muy bien cada paso. En definitiva, haciendo un trabajo coherente.

El trabajo de curadoría de Cristina García ha sabido conjugar diferentes medios y soportes como óleos, collages, cuadernos de dibujos, cerámica, textiles, para facilitar al público el conocimiento y comprensión de muchos años de trabajo. Las piezas de cerámica, bajo el título genérico “De barro: transformaciones y fragmentos” son como esculturas emocionales, mientras que aquellas en las que utiliza los textiles, “Memorias de transformación”, tienen más relación con la memoria.

Esa cosa tan personal del trabajo de Concha Ybarra la vemos también en obras que construyó en un momento muy particular, durante la pandemia. Ahí vemos eso íntimo de lo que hablamos, pero también esa necesidad de abriese a lo colectivo, o hacer del trabajo algo social. Es la serie La pintura como refugio, el arte como un lugar seguro.

Cuando te enfrentas a un proyecto así hay que saber muy bien lo que se elije para contar todo, pero sin presentar un número apabullante de obras que, al final, sólo dificultan la lectura, teniendo en cuenta, en este caso, que ese lenguaje plástico de Ybarra es poético, íntimo y reflexivo y por tanto en la exposición el y la visitante tienen tener un espacio entre obra y obra, para llegar al disfrute de su contemplación. Como decimos es un trabajo en el que prima la memoria, el paso del tiempo, la transformación, lo cotidiano. Especialmente lo cotidiano. Hay un diálogo entre lo doméstico, más íntimo y lo colectivo, entre su mundo interior y el espectador o la memoria compartida.

Comentábamos la importancia de la evolución, al principio de la exposición en las primeras obras se observamos una forma más libre en el gesto y el color. Si nos vamos al final encontramos que su trazo es más depurado y deja que sea la materia la que nos hable. Entre medias podemos ver cómo ha sido ese camino, íntimo, transformador, sensible y valiente, muy valiente, porque hay formatos a los que se enfrenta la creadora para los que hay que tener ese valor que te quita el miedo.

En definitiva, una exposición que nos permite conocer el trabajo de Concha Ybarra como un universo amplio, poético y matérico, hecho, como decíamos antes, de tiempo, observación, investigación, de no tener miedo a enfrentarse a grandes retos, nuevos materiales, y de trabajo, mucho trabajo.

Esta exposición se presenta al público como un ejercicio de atención y escucha, observar eso íntimo de lo que hablamos, a la vez que su dimensión pública, que es una invitación a relacionarse con las obras. Dicen que al enfrentarte a una obra de arte lo más importante no es mirar sino sentirte mirado. Esto es justamente lo que deberíamos hacer al pasear por las salas, por las habitaciones propias de cada cuadro, de cada historia que nos cuenta. Obras que no buscan fijar una verdad sino señalar procesos: de desgaste, de cuidado, de transformación, lo vulnerable abierto a la experiencia quien visite la muestra.

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