Centro de Arte Contemporáneo Caja de Burgos
Del 3 de octubre de 2025 al 9 de febrero de 2026
El pasado 3 de octubre el Centro de Arte Contemporáneo de Burgos (CAB) inauguraba El color del ruido, la última exposición de Virginia Rivas (Madrid, 1981). La artista afincada en Hervás (Extremadura) ha presentado la que probablemente sea su mejor exposición hasta la fecha. Afrontando la práctica pictórica como base, sería reduccionista decir que se trata de pintura así como injusto, además de manido, incluirla dentro de la manoseada pintura expandida. Sus investigaciones acerca de las relación entre las dimensiones sonora y visual del color dotan de unicidad a un cuerpo de obra que parece llegar ahora a su estado de madurez, por múltiples razones.

En primer lugar, por el grado de profundidad alcanzado en la simbiosis cromática entre oír y ver. Aquellos primeros experimentos surgidos en la década de los diez, con proyectos como Synesthesia, Soundscape o Mapa Sonoro — exhibidos en la OMPI de Ginebra, el DA2 de Salamanca o la Sala El Brocense de Cáceres, entre otros—, curtieron una superficie inspirada en las armonías de R. Wagner, V. Kandinsky o H. Klint y actualizadas por el cruce con la música indie; un bagaje a partir del cual abordar ahora, con énfasis y rigor, la categorización frecuencial del binomio color/ruido apoyada en conceptuales como J. Cage o M. Schafer, a través de los cuales superar aquella armonía y destilar la conexión entre sonido y espacio como vehículo para el arte.
En lo formal, entender el hecho expositivo como un organismo unitario y específico alinea su trabajo con la negación de la exposición tradicional y, por tanto, de la narración de cubo blanco, evidente al apropiarse del espacio desde el color para liquidar los límites entre obra y sala. De la misma manera, se posiciona en la disolución de las disciplinas para proponer una intervención integral e integrada sobre la planta -1 del CAB, en la que nuestras vibraciones vitales se fundan con las del lugar de acogida, mediante dispositivos de escucha e inmersión visual. Conforme a estas nuevas tendencias adisciplinares que incluyen el archivo como práctica artística de pleno derecho, Rivas añade, además, un espacio dedicado a la muestra de procesos como elemento de mediación sin evadir la intención plástica inherente a su trabajo.

Por último, la exposición se cierra con un guiño a sus últimos experimentos en las Salinas de Janubio (Lanzarote) durante la residencia Nautilus, que termina por abrir la puerta a nuevos caminos relacionados con la concepción de territorio desde los medios digitales que, por otro lado, siempre atravesaron su práctica.


En definitiva, una propuesta sólida y llamativa, en lo conceptual y lo plástico, que nos alegra a quienes seguimos la trayectoria de Virginia y cuya madurez constata a nivel discursivo y formal, con una visión actual y actitud renovadora.

