Hay exposiciones que se limitan a mostrar obras, y otras que abren un territorio. Artes de la Tierra, presentada en el Museo Guggenheim Bilbao entre el 5 de diciembre de 2025 y el 3 de mayo de 2026, pertenece a esta segunda categoría. Comisariada por Manuel Cirauqui y patrocinada por Iberdrola, la muestra se articula como una meditación amplia y radical sobre nuestra relación con el suelo, el territorio y la materia en un momento en que el cambio climático y la crisis ecosocial obligan a revisar de raíz no solo nuestras prácticas, sino nuestros imaginarios.
A lo largo de más de un centenar de obras —esculturas, instalaciones, dibujos, archivos, piezas textiles, intervenciones botánicas, maquetas arquitectónicas y objetos procedentes de diversas tradiciones— Artes de la Tierra despliega una reflexión coral que no busca definir un movimiento ni establecer una genealogía ordenada. En lugar de ello, propone un conjunto de afinidades, tensiones, recurrencias y desplazamientos materiales que permiten observar la creación contemporánea desde un prisma inédito: aquel en el que la materia no es un recurso sino un interlocutor, un hábitat, un compañero.


Witch (Sorgin), 2025
Dirt and mud on wooden structure
Dimensions variable
Courtesy Delcy Morelos & Marian Goodman Gallery
©️ Delcy Morelos, Bilbao, 2025

I Could Never Forget the Way You Told Me Everything By Saying Nothing (Reliefs) [Nunca podría olvidar la manera en que me dijiste todo sin decirme nada (relieves)], 2021
Four reliefs, cellular concrete, rod, and soil from the garden of the CRAC Alsace
Four pieces, 205 x 107 x 15 cm each
Courtesy CarrerasMugica
©️ Jorge Satorre, Bilbao 2025
El eje conceptual de la muestra es el suelo. No la tierra como superficie o paisaje, sino el estrato donde se producen la vida, las transformaciones químicas, los ciclos metabólicos, los procesos de regeneración y, también, las heridas. En un tiempo en que la degradación del suelo se ha convertido en uno de los problemas ecológicos más urgentes —aunque menos visibles—, la exposición entiende este sustrato como matriz viva, fértil, sensible y vulnerable.
Este enfoque permite replantear la historia del arte reciente desde una perspectiva distinta. Prácticas como las del Land Art, el Arte Povera o el conceptualismo ambiental emergen aquí no como movimientos aislados sino como expresiones de una preocupación profunda: ¿qué significa crear en un planeta que ya no puede absorber más extracción, más violencia, más silencios?, ¿qué puede ofrecer el arte frente a un ecosistema agotado?, ¿puede la materia hablarnos de sus propios límites?
La exposición responde a estas preguntas sin diccionarios ni conclusiones, sino mediante una constelación de obras que expanden la noción de lo terrestre.

Untitled, n.d.
Mixed media
Dimensions variable, view of the installation at the Guggenheim Museum Bilbao
Herederos de Agustín Ibarrola. Courtesy Galería José de la Mano
©️ Agustín Ibarrola, VEGAP, Bilbao 2025

Directed Growth, 1970–72
Beans, earth, and twine
Dimensions variable
Courtesy the artist and Paula Cooper Gallery, New York
©️ Hans Haacke, VEGAP, Bilbao, 2025.
La muestra abre revisando a quienes anticiparon, desde mediados del siglo XX, una transformación de la práctica artística en relación con la naturaleza. Figuras como Joseph Beuys o Jean Dubuffet, presentes en la exposición con collages y materiales orgánicos, aparecen como puntos de partida simbólicos para comprender la transición desde un arte representativo hacia un arte que manipula, involucra y respira la materia.
Las pinturas sobre corteza del artista australiano Jimmy Lipundja añaden otra dimensión: la conexión entre la creación y los saberes bioculturales que desde hace milenios vinculan espiritualidad, territorio y ecosistemas. Esta relación íntima entre mito y bioma funciona como contrapunto a las tensiones industriales del mundo contemporáneo.
La década de los setenta y ochenta se despliega en la exposición a través de obras efímeras de Ana Lupas, Fina Miralleso Ana Mendieta, figuras esenciales para entender una poética del cuerpo en la tierra, donde la huella del gesto y la fragilidad del material se convierten en argumentos políticos y existenciales. Paralelamente, esculturas hechas de arena o sustratos, como las de Meg Webster o Giovanni Anselmo, reformulan la escultura desde la permeabilidad y la desestabilización.
Uno de los rasgos más singulares de Artes de la Tierra es su decisión museográfica: convertir parte del museo en un ecosistema vivo. Las galerías 206 y 207 operan bajo un régimen específico de humedad, luz y temperatura para acoger plantas y especies vivas. Esta transformación convierte al edificio en un lugar que no solo expone, sino que alberga, cuida y acompaña vidas no humanas.

Roiseau 6, 2012
Bamboo branch and feathers
290 x 270 x 190 cm
Courtesy the artist and Galerie Chantal Crousel, Paris
©️ Gabriel Orozko, Bilbao 2025
Photo: Florian Kleinefenn

Wardian Case, 2023
Glass, potting soil, seeds, plants
Dimensions variable (installation view at the Guggenheim Museum Bilbao)
Courtesy the artist and Galerie Jocelyn Wolff, Paris
©️ Isa Melsheimer, Bilbao 2025

American Flag, 2025
En este entorno aparecen las históricas esculturas botánicas de Hans Haacke, donde la naturaleza se convierte en forma activa de la obra; las estructuras vítreas y terrarias de Isa Melsheimer, que actualizan las “cajas de Ward” del siglo XIX; y la instalación Root Sequence (copse) de Asad Raza, compuesta por 26 árboles de especies locales que serán replantados en el territorio vasco al término de la exposición. Esta última pieza subraya una ética de retorno: la obra no termina en el museo, sino que continúa su ciclo en el bosque.
La intervención de Delcy Morelos en la galería 206 marca uno de los momentos más intensos del recorrido: un espacio inmersivo donde la tierra ocupa el volumen arquitectónico de la sala como una presencia telúrica, abismal e íntima. Es, a la vez, una experiencia sensorial y una reflexión sobre el lugar que ocupa la materia en nuestra percepción contemporánea.
La galería 209 se convierte en un laboratorio donde tierra, barro, arcilla y mezclas experimentales revelan su capacidad para narrar historias de transformación. Las esculturas de adobe de Gabriel Chaile, cargadas de resonancias comunitarias y rituales; los híbridos de barro y metal de Frederick Ebenezer Okai, que parecen surgir de un conflicto entre lo orgánico y lo industrial; o las investigaciones con suelos extraplanetarios de Oscar Santillán amplían el concepto de material en direcciones tanto ancestrales como futuristas.
La proximidad geográfica también cobra fuerza en obras como las cerámicas de Mar de Dios, realizadas con lodos de Bizkaia, o las piezas modulares de David Bestué, hechas con limo de la ría del Nervión. Aquí, la materia deviene archivo geológico de un territorio, cargado de historia y afectos.
Obras de Patricia Dauder y Jorge Satorre muestran procesos de descomposición y alteración en el subsuelo, evidenciando que la transformación del material puede ser también un dispositivo de pensamiento.
En paralelo, la exposición presenta piezas textiles producidas mediante colaboraciones entre artistas, comunidades y especies no humanas: los paisajes laneros de Asunción Molinos Gordo, las exploraciones cromáticas amazónicas de Susana Mejía o los tejidos de chaguar de Claudia Alarcón y el colectivo Unión Textiles Semillas. En ellas, el textil funciona como tejido literal y metafórico de redes de supervivencia.
El final del recorrido, en la galería 202, plantea una pregunta crucial: ¿qué significa un arte sostenible? Las obras de Giuseppe Penone, máximo exponente del Arte Povera, ofrecen una posible respuesta: trabajar con la materia desde la escucha, la lentitud y la continuidad orgánica. Tanto su árbol tallado dentro de otro tronco como la monumental instalación Uña y hojas de laurel condensan la idea de que toda forma es una negociación entre tiempo humano y tiempo vegetal.
Las piezas de Agustín Ibarrola, resultado del giro ecológico que el artista adoptó en los años ochenta, refuerzan esta reflexión al situar la práctica artística como gesto de convivencia con el territorio. Junto a ellas, obras de Michelle Stuart, María Cueto, Richard Long, Solange Pessoa, Gabriel Orozco o Daniel Steegmann Mangrané despliegan formas primordiales donde lo mineral, lo vegetal y lo animal parecen compartir un mismo origen.
Más allá de su contenido, Artes de la Tierra supone un experimento institucional. El Guggenheim Bilbao ha reducido drásticamente su huella de carbono mediante la supresión de transportes aéreos, el uso de mobiliario reciclado o compostable, la eliminación de cajas de transporte rígidas y el seguimiento virtual de préstamos. El museo se concibe así como un prototipo de sí mismo: un espacio donde la sostenibilidad no es un discurso, sino un proceso.
Artes de la Tierra no pretende ofrecer soluciones ni recetas. Su ambición es más profunda: proponer una ética de la relación. Una ética donde la tierra no es recurso, sino interlocutora; donde la materia no es herramienta, sino compañera; donde la creación no es dominio, sino escucha activa.
Frente a la crisis ecosocial, la exposición sugiere que el arte puede ser un espacio para imaginar otras formas de coexistencia, otras temporalidades, otros modos de habitar. En su conjunto, la muestra reivindica el poder de la sensibilidad, la colaboración interespecie y la conciencia material como fundamentos de un futuro más fértil, más atento y más vivible.

