El pasado 4 de noviembre se inauguró la 24ª Bienal de Arte Paiz, unas de las bienales más antiguas, bajo el título El Árbol del Mundo y comisariada por el italiano Eugenio Viola, actual director artístico del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), en Colombia. Se presentó como una gran red de conexiones simbólicas y culturales que atraviesa fronteras geográficas y temporales. Reuniendo por primera vez a artistas de los cinco continentes, esta edición expande su alcance a diez sedes en Ciudad de Guatemala y Antigua Guatemala, transformando cada espacio en un punto de encuentro entre distintas formas de imaginar el mundo.
Inspirada en el mito del “árbol de la vida”, central en muchas culturas y especialmente en la cosmogonía maya, la bienal plantea una lectura contemporánea de la interdependencia entre los seres, las historias y los territorios. Más que un cúmulo de exposiciones, se propone como un organismo vivo que crece y se ramifica, articulando memorias, lenguajes y sensibilidades diversas. El Árbol del Mundo busca cuestionar los límites tradicionales del arte y sus centros de poder, proponiendo una mirada descentralizada que celebra la pluralidad como una fuerza transformadora. En tiempos de fragmentación y crisis, la bienal se afirma como un espacio de encuentro y esperanza, donde el arte se convierte en raíz común para imaginar nuevas formas de coexistencia, resistencia y regeneración colectiva.



Se trata de una bienal sumamente ambiciosa, que reúne a cuarenta y seis artistas y colectivos en diez sedes emblemáticas, entre ellas el Museo Nacional de Arte de Guatemala, el Centro Cultural de España, la Casa Ibargüen o La Nueva Fábrica, entre otras. Uno de los rasgos más destacados de esta edición es la fuerte presencia de la performance, un hecho coherente con la trayectoria curatorial de Eugenio Viola, ampliamente vinculada a este lenguaje. Sobresalen, en este sentido, las acciones de Carlos Martiel, que aborda el genocidio perpetrado contra el pueblo maya durante el conflicto armado interno en Guatemala —una herida aún abierta y extensible a otros contextos de violencia estructural—; de Regina José Galindo, quien recupera la figura del periodista José Rubén Zamora para subrayar la criminalización del periodismo independiente en Centroamérica; y de Seba Calfuqueo, cuya acción propone una reflexión sobre la relación entre el cobre y las formas de vida, articulando un recorrido que va de las concepciones indígenas del territorio a las lógicas extractivistas contemporáneas que lo devastan.
Por otro lado, la sede del Museo Nacional de Arte de Guatemala es la que cuenta con muchas de las propuestas más atractivas, sería lícito recalcar “Asamblea de árboles” de Tania Candiani, en el que la artista mexicana imagina una arquitectura viva donde raíces entrelazadas simbolizan encuentro, escucha y pensamiento compartido; “Extinción” de Voluspa Jarpa, en el que la chilena entrelaza tiempos y territorios para crear un palimpsesto visual donde pasado, presente y futuro revelan conflictos andinos y memorias geopolíticas complejas; “Intifada: Los rizomas interminables de la revolución” de Kader Attia, una gran instalacióndonde el francés emplea la “Y” como símbolo de unión y resistencia, evocando trauma, resiliencia natural y emancipación de sociedades oprimidas mediante la revolución; y “De espiral en espiral”, una obra del guatemalteco Naufus Ramírez-Figueroa en la que vincula la historia colonial de los naipes con la herencia familiar y artesanal, transformando cartas en símbolos de adivinación, resistencia y memoria performativa.




De otras sedes, destacan Ana Gallardo en colaboración con María Us (CFCE) con “Los bordes de la lengua cosen un camino dentro del agua”, una obra que une dibujo, canto y memoria para explorar la violencia hacia mujeres mayores, transformando el recuerdo en resistencia y herramienta de futuro colectivo; Elyla (Casa Ibargüen) con “El árbol que florece sin nombre”, una obra que crea una genealogía desde la fractura y la tierra, fusionando ritual, memoria y tecnología para reconstruir identidades chontales y resistir el silenciamiento colonial; Ximena Garrido-Lecca (La Nueva Fábrica) con “Arqueología botánica”, una instalación que transforma restos arbóreos en ruinas sagradas, evocando cosmovisiones mayas y la pérdida del vínculo espiritual entre naturaleza, cosmos y humanidad; Jorge de León (Centro Cultural de España) con “Documentación de envíos”, un proyecto que contrasta la libre circulación del arte con la migración precaria, conectando cosmovisiones mayas y desplazamientos contemporáneos mediante esculturas que simbolizan tránsito y resistencia; y Christian Salablanca (Centro Cultural de España) con “Quise usar palabras de pájaro para escribir”, una instalación sonora que entrelaza cantos de aves y memorias familiares, creando un paisaje vivo donde sonido, naturaleza y memoria resisten la cosmofobia colonial.
A su vez, destacan las propuestas de artistas como Luz Lizarazo, Jennifer Tee, Antonio Pichillá o Adji Dieye, cuyas prácticas expanden poéticamente las posibilidades de lo político. En conjunto, la 24ª Bienal de Arte Paiz se afirma desde un posicionamiento crítico y comprometido que sostiene que un mundo más amable y justo no solo es posible, sino imprescindible. Una edición que aborda tanto a las minorías como a los grupos sistemáticamente minorizados, insistiendo en recuperar episodios del pasado para activar transformaciones éticas, sociales y sensibles en el presente. Una bienal que no ofrece respuestas definitivas, pero sí obliga a replantear las preguntas que estructuran nuestra manera de convivir.



