



Hablar sobre Cristina García Rodero es, en cierto modo, una llamada a la propia memoria. Para quienes tuvimos el privilegio de ser sus alumnos en la Facultad de Bellas Artes de Madrid, en aquellos años de cambio y esperanza, sus clases de fotografía eran una ventana a un mundo que se negaba a desaparecer, una lección de vida que trascendía la mera técnica del revelado. Era la antítesis del academicismo rancio; era pura pulsión, un bocado existencial a la realidad. Por eso, volver a su España Oculta, que ahora presenta el Museu Fundación Juan March en Palma, es un ejercicio de ajuste de cuentas con el pasado y con la disciplina fotográfica misma.
La exposición, que reúne el legendario cuerpo de trabajo realizado por García Rodero entre 1975 y 1988, nos confronta de nuevo con esa España que la modernidad tardofranquista y la ansiosa Transición querían sepultar bajo una capa de formica y socialdemocracia. Con la tenacidad de una antropóloga y la mirada de una visionaria, Cristina —la primera fotógrafa española en la agencia MAGNUM, no lo olvidemos, aunque ella le quita importancia— se lanzó a una odisea de quince años por los pueblos de una geografía deliberadamente ignorada. Recorrió en autobús y en un viejo Simca los escenarios de ritos ancestrales, donde la vida y la muerte, lo sagrado y lo profano, se entrelazan. De hecho, que algunas de sus fotografías más intensas y perturbadoras, las del Entroido, fueran tomadas en el valle de Monterrey, en Laza —tierra de un servidor—, convierte esta revisión en algo manifiestamente personal. Allí, en medio de la fariña y el fuego, su obra se revela como la danza, tan violenta como sublime, de un país en trance.
El proyecto, que culminó con la publicación de su célebre libro en 1989 —galardonado en los XXX Recontres Internationales de la Photographie de Arlés y con el Premio Eugene Smith de Fotografía Humanista—, es mucho más que un archivo etnográfico. En la estela de la fotografía documental, pero desmarcándose de su supuesta objetividad, García Rodero no se limita a observar. Se sumerge. Sus imágenes en blanco y negro, de un contraste dramático que parece arrancado de las entrañas de la tierra, no son meros registros. Son la metáfora de una tensión fundamental, un eco del eterno conflicto entre el clasicismo del rito y la modernidad que amenaza con disolverlo. Su obra plantea una fenomenología de la mirada; no documenta fiestas, sino que participa en la experiencia del instante, en el pathos de la celebración.
Ahora, el Museu Fundación Juan March nos invita a esta inmersión. La muestra, que puede visitarse del 17 de junio al 11 de octubre de 2025, llega en un momento paradójico. En plena era de la saturación digital y la estetización banal de lo cotidiano, la España Oculta de Cristina adquiere una nueva resonancia. Sus fotografías de mascaradas, penitentes y carnavales ya no son solo el testimonio de un mundo en vías de extinción, como se pensaba en los setenta, sino un espejo deformado de nuestras propias neurosis contemporáneas. ¿Qué queda de aquellos rituales en una sociedad que ha convertido la propia identidad en un espectáculo de consumo, en un parque temático a lo Disney?
Viendo las estadísticas de consumo cultural que hoy se manejan, donde la participación se mide en clics y suscripciones a plataformas digitales, la propuesta de García Rodero resulta casi un acto de resistencia. Sus imágenes nos recuerdan que hubo un tiempo en que la cultura no era meramente «contenido» a consumir, sino una experiencia colectiva, a menudo brutal y siempre necesaria. La suya es una lección que trasciende la fotografía: «Cuando algo te gusta, salen fuerzas de donde sea». Y a Cristina, es evidente, esto no solo le gusta, le va la vida en ello. Y en sus fotos, de alguna manera, nos va también la nuestra.

